miércoles, septiembre 27, 2006

Las animas III

-¿Por qué estabas tan seguro de que había muerto? –Dijo Ella
-Parece que la historia te ha interesado.
-Bueno por ahora no tiene nada de particular la verdad…
-Aun así sabía antes que nadie que el hombre del infarto había muerto.
-Quizás además de chico filósofo seas chico médico.
-Ja, ja, ja, no, puedo asegurarte que no.
-¿Coincidencia?
-No.
-¿Entonces?
-Pude ver su alma, o lo que quedaba de ella


Lía tiraba de mi brazo cada vez más, me había quedado como en trance y era evidente que ella no quería estar allí. Como una alucinación, una luz daba vueltas alrededor del cadáver inerte, intentando volver a meterse en el cuerpo, como quien pretende evitar q se escape un globo de helio. Parecía bailar desesperadamente mientras las parcas cortaban el hilo que le mantenía todavía atado a la vida. Casi podía oír como se deshilachaba. Era angustiante y sin embargo no podía dejar de mirar, hasta que empezó a menguar, cada vez menos brillante y más débil y al final desapareció entre luces de agonía, espectáculo a la vez hermoso y horrendo e imposible de comparar con nada más.
No se en que momento Lía desistió de intentar llamar mi atención, al cabo de un rato simplemente deje de notar sus insistentes tirones, debió irse enfadada. Me había quedado solo. Todo se veía tan triste y gris comparado con el alma brillante de aquel moribundo. Las luces anaranjadas de la ambulancia comenzaron a tener un color más apagado, incluso los chalecos fosforitos de los enfermeros se tornaron tan grises como el pavimento. Recuerdo que en ese momento creí volverme daltónico, más tarde descubrí que el único problema de los daltónicos es que no distinguen el rojo del verde. Yo sin embargo desde ese día lo veo todo como una película en blanco y negro, excepto sus almas, cada una más brillante que el anterior y de un color completamente nuevo.
Al principio solo era eso, el mundo se hundía en el gris por unos instantes hasta que el alma del difunto se evaporaba como el agua en el aire, puff. Pero luego comencé a ver el alma de las personas de la calle, de mis amigos, de mis profesores. Era como si tuviera una especie de sexto sentido que me dijese como era la gente, y a la vez me recordara que todos desparecerían en la nada tal y como nacieron. ¿Qué importancia tenia entonces ser brillante o un farsante, si todos terminarían del mismo color?

4 comentarios:

Gilberto dijo...

Saludos niña de los ojos tristes, he leído tu relato y aunque no deje comentario sigo visitando tu blog.
Que estés bien es mi deseo, sigue escribiendo.

Munlight_Doll dijo...

Continúalo, porfa :D:D
Muakis,
Duende

Anónimo dijo...

intentare intentare aunq me esta rondando por la cabeza ya otra historia. ooooooh jamás la terminaré.

La niña de los ojos tristes

Darka Treake dijo...

Sí, estoy seguro, ya he leído esto, ahora que veo lo de los grises... porque recuerdo que pensé que era como una agnosia del color...

Ves lo de la deformación profesional?? ajajaja

Está muy interesante!!
Sigo!

Darka.